miércoles 14 de marzo de 2012

Infancia


El que no le tenga miedo a la infancia que levante la mano y tire la primera piedra. Estamos hablando tanto de la ajena como de la propia. De esas experiencias aparentemente anodinas en las que, sin embargo, se forman los nudos que van marcando el paso el resto de la vida.

No hay nada más doloroso que estar tranquilamente, veinte años después, enfrascado en quehaceres de adulto y, de repente, por algún detonante trivial, verse parapetado a ese pupitre de segundo de primaria. Revivir como si fuera ayer algún encontronazo pueril y atragantarse con el nudo en la garganta y las lágrimas en los ojos.

Ahí es cuando, si tienes suerte, llegas a la conclusión de que la infancia no pasó sino que está pasando. Que lo que parecía muerto y enterrado no estaba más que al acecho, esperando la mínima ocasión para saltarte a la vista. En ese momento tienes dos opciones: enfrentarte a tus demonios o esconder la cabeza hasta que se marchen, esquivarles la mirada o aguantársela.

Al final no es más que dolor putrefacto que se desvanece al darle un buen abrazo. Pero duele.

domingo 22 de enero de 2012

Tirarse a la piscina


Una vez abajo lo entendí todo, esta era esa vez entre un millón en que la piscina no llevaba agua. Me reí entre lágrimas y busqué con la mirada la escalerilla para volver a la superficie. 

martes 3 de enero de 2012

Tiempo libre


Me dirijo a usted, amigo lector, lector ocasional o lector accidental, para consultarle un asunto que me tiene en ascuas desde hace unos días. Mi pregunta es: ¿que se hace con el tiempo libre? Pero antes de que se embale a enumerar sus hobbies y sus últimas vacaciones, que sin duda deben ser de lo más apasionantes, debería concretar que no se trata de cualquier tiempo libre, sino de aquel que le queda a uno cuando abandona la búsqueda de la perfección.

La toalla ya está en el suelo, la fase de crisis existencial está superada y también el shock post traumático tras descubrir que el oasis que se pretendía alcanzar no era más que un espejismo. Ya incluso vamos asimilando la idea de que el desierto no es más que ese polvo del que venimos, al que vamos y con el que tenemos que construir nuestra efímera existencia.

¿Pero qué es la perfección sino una mera percepción de algo que siempre, sin excepción, se encuentra en el jardín del vecino? Pretender ser perfecto no es más que aspirar a copiar con precisión algo que ya existe aunque solo sea en nuestra cabeza. El resultado siempre será una burda copia y la consecuencia, el fracaso aderezado de amargura y frustración. Sin embargo, cuando uno se atreve a crear algo nuevo no puede fracasar, porque no sabe a dónde va, porque tiene todo el camino por andar y porque en lugar de anhelar la perfección la utiliza de punto de partida.

Tener tiempo libre está mal visto hoy en día, lo consideramos más una maldición que una oportunidad para salir del cascarón y dedicarnos a ser genuinos y geniales. Tal vez porque todos, en realidad, preferimos ser perfectos, o estamos demasiado ocupados intentándolo.

sábado 17 de diciembre de 2011

Tierra a la vista



A estas alturas de mi vida y de mi blog, debería plantearme hacer una plantilla para cada vez que mi 'culo-inquietud' desemboca en un nuevo desplazamiento geográfico. Les he hablado de vaciar cajones, de levar anclas y de alzar el vuelo. He temido al futuroañorado el pasado y vivido a la merced de las inclemencias meteorológicas. La vida me ha puesto del derecho y del revés, me ha llevado a lo más alto y a lo más bajo hasta dejarme flotando a la deriva.

Estaba tan agotada que dejé de nadar, cerré los ojos y empecé a hundirme, a caer y caer cada vez más profundo. Allá donde la meteorología no es más que una anécdota, porque solo hay cabida para un silencio imperturbable y la calma más absoluta.

En un primer momento pensé, ¿para qué volver a la superficie con lo bien que se está aquí dentro?, pero me moría de ganas de contárselo a todo el mundo que me había dejado a la intemperie. Todavía no sé bien cómo lo haré, ni cuándo. Ni si será en este blog o en otro parecido. Solo sé que he decidido reinventarme en vez de morir y que me marcho a Madrid a sacarle punta a mi lápiz y a ponerme a escribir.

martes 15 de noviembre de 2011

Mis pequeños tesoros


Desde que empecé este blog, hace algo más de siete años, mi fuente de inspiración para cada 'post' ha sido mi propia vida. 'Más allá de las palabras' han estado mis sueños y mis ilusiones, mi día a día, mis altos y mis bajos. Siempre disfrazados de grandes palabras y pequeñas metáforas, intentando hablar sin decir demasiado, para no abanicar mis nimiedades ni herir las sensibilidades de mi entorno. 

Sin embargo, hace tiempo que me cuesta escribir. Mi vida es diferente, ya no tengo ese fuego adolescente que me hacía gritarle al mundo '¡mírame, estoy aquí!'. También supongo que he alcanzado cierta estabilidad que me hace tener que navegar cada vez más profundo para encontrar algo de que hablar. Y como quien dice profundo también dice doloroso, no quiero que este lugar siga siendo una oda a mis miserias, porque para eso ya tengo el papel y diversos hombros en los que llorar.

No es que esté mal, o sí, pero ya no me apetece escribir sobre ello. He decidido escribir sobre mis libros, esos que me quedan cuando no me queda nada. Porque yo no devoro los libros, son ellos los que me engullen a mí. Son como estrellas fugaces que atraviesan mi vida impregnando mis viajes en el transporte público y mis horas en las salas de espera.

Pero no es tan fácil como parece. Hay que besar muchas ranas hasta encontrar EL libro que te hace pasarte de parada en el metro o seguir leyendo mientras caminas, ese que hace efímeras las esperas interminables y que da tregua al desconsuelo. Yo, de hecho, tengo toda una colección de puntos de libro marcando las páginas en las que dije ¡basta! de tantos y tantos libros nefastos o simplemente mediocres.

Así que, he decidido compartir con ustedes mis pequeños tesoros, porque es el único granito de arena que puedo aportar al universo y lo único que me permite levantarme por las mañanas y dormir por las noches.

sábado 5 de noviembre de 2011

El corte de pelo


He aquí una de esas reflexiones de dominguero, de parado, de 'tú sí que tienes tiempo libre'. Porque efectivamente lo tengo, y lo dedico a la vida contemplativa, a caminar despacio, a mirar atrás y a sacar conclusiones. 

Mi primer tema de reflexión, el más flagrante, ha sido dilucidar la razón del efecto tan devastador que Londres ha tenido sobre mi persona. Digamos que, de un espíritu libre y emprendedor, con ganas de vivir y de comerme el mundo, pasé a ser una mujer-a-un-batín-pegada, huraña, con el ceño fruncido y sin razón de ser.

Tengo una hipótesis que podría tener sentido, yo ya no sé, porque me cuesta discernir, pero creo que toda la culpa fue del corte de pelo. Podría tener un lejano parentesco con el Sansón de Dalila, aquel grandullón invencible que con el pelo también perdía toda su fuerza.

No se trata meramente del aspecto estético, sino de que en mi vida, los abruptos cortes de pelo han dado lugar a largas épocas de depresión. Y cuando hablo de depresión no me refiero al término médico sino al geográfico, verdaderos descensos a los infiernos inaugurados por una imperante necesidad de cambio, de 'tengo que hacer algo con mi vida, voy a cortarme el pelo'.

A día de hoy he tocado fondo tres veces, con 14, con 19 y con 24 años, esperando que la tercera haya sido la vencida y la última vez que ponga en manos del peluquero, además de las tijeras, semejante responsabilidad.

domingo 28 de agosto de 2011

Estimados espectadores


Con gran emoción, me presento ante ustedes para comunicarles que el espectáculo ha llegado a su fin. Tras una larga reflexión, he decidido colgar el hábito, bajar del escenario y marcharme a casa. Ha sido un gran honor poder actuar ante ustedes, pero llega un momento en la vida de un actor, en el que tiene que escoger entre su persona y su personaje.

Yo elegí interpretar a una joven valiente e intrépida, eterna errante sin raíces, sin pertenencias y sin pasado. Los primeros años fue divertido, cosechamos muchos éxitos y levantamos admiraciones allá por donde pasábamos. Fue tal el clamor popular y tan embelesadora la fama, que empecé a temer que alquien entrara en mi camerino y viera, como yo en el espejo, al ser común y corriente que se escondía tras aquella farsa.

Poco a poco acabé creyéndomelo y creyendo que había conseguido engañar a todo el mundo. Hasta que el viento cambió, llegaron nuevos personajes más auténticos, decían, y el mío empezó a perder interés. Intenté sobrevivir, reinventarme, hasta cambié de país, pero a partir de ahí todo fueron fracasos. Mi personaje cayó en desgracia, ya no interesaba a nadie, hasta que un buen día me subí al escenario y estaba sola. No había ni un alma en el público y en medio de aquel silencio desolador me acordé de la pobre inocente que tenía encerrada en el camerino.

Empecé a pensar que, a lo mejor, tampoco estaba tan mal ser normal, al fin y al cabo. Así que me marcho a descubrir lo que es no tener que ser ni valiente ni errante, y a vivir sin buscar el aplauso del público. Tal vez no sea tan perfecto como lo que yo había inventado, pero será real y seré libre.