El que no le tenga miedo a la infancia que levante la mano y tire la primera piedra. Estamos hablando tanto de la ajena como de la propia. De esas experiencias aparentemente anodinas en las que, sin embargo, se forman los nudos que van marcando el paso el resto de la vida.
No hay nada más doloroso que estar tranquilamente, veinte años después, enfrascado en quehaceres de adulto y, de repente, por algún detonante trivial, verse parapetado a ese pupitre de segundo de primaria. Revivir como si fuera ayer algún encontronazo pueril y atragantarse con el nudo en la garganta y las lágrimas en los ojos.
Ahí es cuando, si tienes suerte, llegas a la conclusión de que la infancia no pasó sino que está pasando. Que lo que parecía muerto y enterrado no estaba más que al acecho, esperando la mínima ocasión para saltarte a la vista. En ese momento tienes dos opciones: enfrentarte a tus demonios o esconder la cabeza hasta que se marchen, esquivarles la mirada o aguantársela.
Al final no es más que dolor putrefacto que se desvanece al darle un buen abrazo. Pero duele.






